martes, 20 de enero de 2009

Cierro los ojos

Escrito por: Carlos Salvador Basaldua Mendoza, alias Kazbam

Viviría con el trauma por el resto de sus días, o se mataría de inmediato. O, tal vez, quedaría con serios trastornos mentales. Iría directo al psiquiátrico. No cabe duda, es buen fin. Después de todo lo que ha pasado, es un fin merecido. Tal vez, horrorizada ante tal acto, moriría de espanto. ¡Sería perfecto! El único problema que, hasta ahora, he encontrado es que, una vez muerto, no podría gozar de su dolor. Necesito pensarlo más. Tal vez fingir una muerte y ver cómo reacciona, pero si descubre la farsa, sería terrible. No lo sé, no sé cómo sería perfecto. Pero de lo que sí estoy seguro es que esa maldita, esa desgraciada tiene que sufrir. Sí, tiene que pagar por todo lo que ha hecho. Me ha matado en vida.

Tengo todo listo. Todo está perfectamente planeado. Nada puede salir mal. Nada saldrá mal. Es hora. Dijo que nos veríamos, en casa, para la hora de comer. Tal vez ella esté ahora cruzando la calle. En este momento debe estar abriendo la puerta. Ahí está, ese es el sonido del cerrojo de la puerta de la calle. Siento la adrenalina correr por mi cuerpo. Por fin, está subiendo las escaleras. Sus pasos resuenan en mi cabeza. Espero tranquilo, sereno, sentado en el sillón, con las manos tras mi espalda, como siempre. Todo va bien, ahora está entrando a la sala. ¡Hola mi amor! Me saluda con una sonrisa hipócrita, burlona. Hola. Contesto. ¿Cómo está mi bebito? Bien, gracias. ¿Qué hay de comer?, me pregunta con cierta ansia, porque tengo un hambre terrible, si ni como algo ya, voy a morir. Pedí comida china, respondo con voz llana, espero que no te moleste. ¡Ay, no!, cómo crees que me voy a molestar si tú bien sabes que la comida china es lo que más me encanta comer, ¿a qué hora la traen? Raúl, contéstame, ¿a qué hora van a llegar con la comida? Raúl, Raúl, ¿qué tienes mi vida?... todo está listo. Ahora tengo que pararme frente a ella, pero mis piernas no responden. No puedo moverme, el miedo me ha paralizado. Raúl, contesta. Por fin lo consigo, me pongo de pie frente a esta malnacida. ¿Qué tienes Raúl? Su cara es de espanto, realmente está asustada. Raúl, me asustas chiquito. Mis manos siguen escondidas tras mi espalda. Me río, estoy feliz, no puedo creer que sea feliz. ¿Raúl? Ahora está desconcertada. De atrás de mi espalda saco la mano derecha y pongo el cañón de la pistola en mi boca. ¡Raúl! Ahora sí está muy, muy horrorizada. Aún sonrío, soy tan feliz. ¿Qué vas a hacer Raúl? Intenta acercarse, pero con mi mano izquierda la alejo. Vuelve a intentarlo. Esta vez tomo su cuello, la levanto un poco, incluso aprieto un poco. Raúl, no. Su voz es rasposa. Con la pistola en la boca, murmuro con calma. Adiós, Rebeca. Disparo. El ruido ensordece mis oídos. No puedo escuchar, pero veo claramente cómo ella grita y cómo se tapa la cara con ambas manos. Caigo, caigo poco a poco. Mi mano izquierda aún tiene preso su cuello. Cae conmigo, la arrastro, poco a poco. Veo sus lágrimas. Siento su horror, su miedo. El llanto le arruina el maquillaje. Mi espalda toca el suelo, ella cae sobre mí. Grita, llora, me golpea. Cierro al fin mis ojos. Soy tan feliz.


Carlos Salvador Basaldua Mendoza

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