miércoles, 21 de enero de 2009

El Duende

Escrito por: Carlos Salvador Basaldua Mendoza, alias Kazbam

Para Adrián

El duende salió de abajo del árbol, salió acompañado por otros dos duendes. Se dirigían al lugar de la reunión, se les había hecho tarde y por eso iban corriendo. Uno de ellos se tropezó e hizo que los demás se detuvieran a esperarlo, en ese momento fue cuando yo los vi y cuando ellos me vieron. Sus ojos se notaban algo exaltados. Trataban de darme miedo, pero no pudieron. Entonces empezaron a gritar y a moverse chistoso. Yo, como buen humano ignorante que soy, no sabía qué diantres estaban haciendo, así que, como buen humano chismoso y metiche que soy, esperé para ver qué cosa iba a pasar, qué estaban haciendo.

Ahora sé que no debí hacer eso, una gran masa de duendes se descargó contra mí, me amarraron, me secuestraron, me llevaron a un lugar para mí desconocido. La verdad es que estaba tan atemorizado, como buen humano cobarde que soy, que no puse mucha atención al lugar, sino a cómo demonios iba a salir de ese enredo en que me había metido. Traté de entablar una conversación con uno de ellos, pero no me hizo caso. Pero yo, como buen humano terco que soy, insistí con no sé cuántos más hasta que uno de ellos me dirigió por fin la palabra. Sólo que no fue muy amable, de hecho me amenazó muy agresivamente. Me dijo que me callara si no quería tener problemas más grandes que los que ya tenía. Así por las buenas sí me quedé callado.

No sé cuánto tiempo pasó desde que me amenazó hasta el momento en que, grosera e incivilizadamente, comenzó a arrojar proyectiles hacia mi persona humana. Al principio eran piedritas como esas que solemos tirar a las ventanas para que nos abran la puerta de la casa, pero luego fueron creciendo hasta ser más o menos del doble de mi puño cerrado. Me percaté de que estaba yo solo con ese duende roqueador, y que no podía estar en situación peor. La realidad se impone ante la especulación, todo empeoró.

Luego de unos cuantos minutos el duende se fue y me quedé solo, solo en quién sabe qué lugar, cerca de quién sabe qué, y, por si esto fuera poco, amarrado de pies y manos, y con el miedo que le tengo a la soledad eso era lo peor que me podía pasar. No cabe duda que ese no era mi día, o noche, o tarde, o lo que fuera. Aproveché el tiempo que estuve solo para razonar sobre ciertos problemas filosóficos que no me dejaban en paz: cómo descubrir el verdadero sentido de la vida, ¿la vida tiene un sentido?, ¿qué es la vida?, cómo poder mejorar mi memoria, qué excusa creíble poner en el trabajo por mi ausencia, ¿cuántas manchas tiene en promedio un leopardo?, ¿por qué la gallina cruzó el camino?, ¿no será que el camino cruzó a la gallina?, y otras cosas de menor importancia.

Total que después de muchas teorías filosóficas repasadas se aparecieron de nuevo los duendes, sólo que esta vez eran muchísimos más y venían con cara de mal humor. Entonces yo, como buen humano inoportuno y sonso que soy, pregunté al duende roqueador qué estaba pasando. Ahora sé que no debí hacer eso pues me gané la roqueada más agresiva de mi humana vida, entre todos me roquearon. Yo digo que es injusto que tantos duendes se pongan contra solo un humano, porque eso soy, solo un humano, humano.

El caso es que luego de la roqueada decidí cerrar la boca. Bueno, de hecho no fue decisión mía, pues uno de ellos ordenó me amordazaran para que no dijera estupideces, así lo dijo: estupideces. Yo, como buen humano orgulloso que soy, me enojé-indigné demasiado y patalee y traté de gritar y trate de reclamar y ocasioné un reverendo desorden y por eso me confinaron en un lugar feo, reducido y oscuro. Y yo, como buen humano chillón que soy, me puse a chillar. Uno me oyó y me fue a ver, por fin, uno con sentimientos nobles, pensé. Nomás me vio y se echó a reír. Ojete. Me puse más triste.

Pasó algún tiempo, y me sacaron de ese lugar. Por cierto, mi noción del tiempo ya había quedado atrofiada. Me llevaron a donde en un principio estaba. Todos, uno por uno, pasaron a verme, me veían a los ojos, veían mis facciones, mis extremidades, me veían como calificándome, realmente me calificaban. Pasaron todos y luego uno de ellos dijo algo que yo no entendí en ese momento, pero que ahora sí entiendo y que no les voy a decir porque no quiero. Yo tenía que recibir un castigo por haberlos visto, por haberlos hecho enojar. Y el castigo para mí, el humano que por curioso terminó secuestrado por ellos, el humano que los vio congregados en masa, sería un castigo ejemplar.

Aún no puedo creerlo, aún no puedo creer el castigo que me impusieron. Aún no puedo creer lo que hicieron, lo que me hicieron. No lo puedo creer, me miro y no lo creo. Si yo nací humano. Yo soy humano. Humano.

Usando algún extraño método me hicieron como ellos , un duende.

Carlos Salvador Basaldua Mendoza

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