miércoles, 21 de enero de 2009

Sin darse cuenta

Escrito por: Carlos Salvador Basaldua Mendoza, alias Kazbam

—Güey, no mames, maneja más despacio que sí da miedo.
—Mis güebos que, yo manejo como se me hincha la puta gana cabrón.
—Güey, pero mira al frente por lo menos.
—Oh chingá, ya cállate, pareces marica, pinche puñal, la neta.
—Puñal, pero no pendejo— finalmente hubo un lapso de silencio.

Iban en un vocho modificado y más rápido que la chingada misma, y mira que la chingada es rápida. Cada vez que rebasaban a algún otro carro Jorge sentía que le sudaba, y es que realmente le sudaba.

De pronto el asfalto se acabó, pero el vocho siguió como si nada, sin perder la velocidad que había alcanzado.

—Cabrón, nos vamos a matar si no le bajas.
—Cierra ya tu pinche hocico, ya me hartastes cabrón, y mejor cállate si no quieres que te lleve la verga— dijo Paco sosteniendo una pistola a la altura de la sien de Jorge.

Entraron a una zona en construcción, un puente, que cruzaría aquella barranca, aún incloncuso. Una carretilla mal acomodada sorprende a Paco, que desesperadamente gira el volante, el vochito da una, dos, tres y muchas vueltas más antes de caer aparatosamente como a doce metros debajo de aquel puente, luego el vocho se ve envuelto en una nube de fuego enorme, como si fuera una película joligudense.

Después hay una tremenda calma, mucho silencio, mucha paz. Jorge está tirado al lado de un espino; Paco, cerca de una piedrototota.

—Oye Paco, Paco, contesta güey.
—Oh, no estés chingando— contesta Paco con voz adormilada.

Después de un rato los dos se ponen de pie y sienten un poco de calor, también ven cómo se incendia el carro. Oyen la sirena de una patrulla, después la de una ambulancia. Por aquella barranca ven bajar mucha gente que va como buscando algo, que va como al chisme.

Todos se dirigen al incendio, unos bomberos lo tratan de apagar. Un paramédico busca sobrevivientes. Una joven grita horrorizada. Una señora se persigna. Un niño pregunta por qué. Un papá le contesta, pero también pregunta por qué.

—Oye Paco, ¿qué hace toda esa gente?
—¿Y yo cómo chingada madre voy a saber? Si quieres ve a fijarte.
—Bueno, voy a ver.

Jorge se acerca a donde está la bola de gente. Un cuerpo negro por el hollín es sacado a jalones, mientras otro similar es recostado en el suelo. Ambos cuerpos humean incesantemente. Un policía toma nota de todo lo que ocurre. Jorge se acerca a uno de los bomberos para preguntarle qué pasó, pero el bombero no se percata de su presencia y entonces se dirige a otro de los concurrentes.

—Disculpe, señorita, hey, ¿me escucha? Señorita, ¿qué está sorda o qué le pasa?, hey, péleme— voltea a ver a Paco y se excusa con él.
—Pinche pendejo, pues vuelve a preguntar, no seas güey.
—Cámara— luego de decir esto se dirige al policía del cuaderno de notas— hey, poli, poli te estoy hablando, no te hagas güey pinche poli, ¡contéstame pinche puerco pendejo!
—Ja, nadie te hace caso cabrón— burlonamente comenta Paco.
—Mira Paco, ese güey se parece a ti, pero nada más que él está más prietito—dice Jorge señalando al cuerpo que está recostado.
—No digas mamadas cabrón.
—Neto güey, es en serio, si quieres fíjate. Y creo que está muerto.

El policía verifica si sobrevivió alguna identificación dentro de las carteras quemadas. Al sacarlas y tratar de leer sobre el plástico achicharrado de las credenciales del IFE descifra los nombres de los finados: Jorge Higueras Sosa y Francisco Ramírez Ibarra. Jorge lee los apuntes del oficial.

—Chale, qué pedo, son nuestros nombres— se nota algo asustado, le tiemblan las piernas y la voz, siente que se mea, se mea.
—¿Y eso qué?, imbécil.
—Pues que es el reporte del poli y allí dice... finados.
—No mames— la voz de Paco está temblando.

Se ven fijamente a los ojos como dudándolo y poco a poco los dos se desvanecen.

Carlos Salvador Basaldua Mendoza

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