jueves, 14 de mayo de 2009

Las dos de la mañana

Escrito por: Carlos Salvador Basaldua Mendoza, alias Kazbam

Sí, yo la vi. Yo vi cómo pasó todo. Yo estaba en mi depa, viendo hacia la calle. Suelo hacerlo cuando me da el insomnio. Mis vecinos lo saben, ellos lo puden confirmar. Esa noche tenía insomnio. La chava venía corriendo por la banqueta. Volteaba a cada rato. Parecía como si quisiera escaparse de alguien. Sí, como si la vinieran siguiendo. Pero atrás de ella no venía nadie. Yo creo más bien que estaba como drogada o loca o quién sabe. El caso es que se estaba fijando hacia atrás cuando pasó por aquí, por la esquina, justo debajo de mi ventana.

Son las dos de la mañana. Tengo hambre. Tengo frío. No sé, siento que hice algo mal, pero no sé qué. Está cayendo una lluviecita de esas que se sienten como mosquitos. Traigo todo el pelo embarrado y los lentes mojados no me dejan ver bien. Estoy en Insurgentes, más o menos a la altura del Parque Hundido. No sé qué hago aquí. No sé a dónde voy. Me está dando miedo la noche. La soledad en las banquetas. La indiferencia de los que manejan y que me mojan al pasar por los charcos.

Me imagino la voz de mi madre: cómo se te ocurre salir de noche, sola, con esta lluvia, en esta ciudad. ¡Estás loca, niña! Sí, eso diría mi madre. Mi padre, él sólo me diría: hija, vete a tu cuarto, ya es tarde, es hora de dormir. Sí, eso diría. Entonces yo me iría a la cama, con sueño. Y justo cuando empiece a quedarme dormida él entrará. A mi no me gusta que se meta a mi cuarto, a mi cama, pero él me pega si no hago lo que me dice. Mi madre nunca dice nada, ella lo sabe. Creo que si lo dijera mi padre le pegaría igual o más que a mi. Tal vez es por eso que se queda callada.

No me gusta caminar por las banquetas, eso es para ñoños. Antes solía andar por el camellón que está en medio, pero con eso del metrobús ya no puedo hacerlo, no importa. Ya nada importa. Hubiera traído un suéter. Siento como si alguien me siguiera. No sé, no lo he visto aún, pero siento como si me siguiera. Quiero caminar más rápido, pero es incómodo sin zapatos.

Hace rato entró a mi cuarto, yo estaba triste. Él me dijo que quería platicar conmigo, que me quería consolar. Le dije: hoy no. Le dije que se saliera, por favor. Pero él me pegó en la cara y luego me tiró al suelo, me pateó. Yo grité. Nunca grito, pero entonces grité. Creo que grité muy fuerte porque mi madre se acercó a mi cuarto y se asomó por la puerta, luego entró corriendo. Gritaba mucho. Mi padre se enojó y entonces le pegó a ella. Yo me levanté y quise salir corriendo, pero ellos estaban tapando la puerta. No sé cómo fue. Sólo escuché un crujido y vi cómo mi madre caía en cámara lenta. Parece que se rompió su cuello. Parece que mi padre rompió su cuello, él se espantó.

Me gusta el Teatro de los Insurgentes. Un día vine a ver una obra, no me acuerdo cuál. Ya vi su sombra. Creo que viene ocultándose, me da miedo. No sé qué quiera. Me da mucho miedo.

Yo también me espanté y grité mucho. Mi padre estaba inmóvil, callado. Agarré el florero que tengo en el buró y se lo rompí en la cabeza. Pensé que iba a caer desmayado o algo así, pero no pasó más allá de unos rasguños. Volteó a verme con una mirada amenazadora. Creo que actué por instinto. Los cachos del florero que se cayeron. Recogí uno y con él quise cortarle la panza, pero puso su mano. El brazo le sangraba mientras trataba de golpearme.

Creo que es un hombre, no lo alcanzo a ver bien por la oscuridad, pero creo que es un hombre. Creo que se está ocultando atrás de los postes y anuncios. Me da miedo que se acerque a mi.

Él me abrazó por la espalda y trataba de ahorcarme. Le mordí el otro brazo, el que no sangraba. Lo mordí con todas mis fuerzas. Gritaba mucho. De un empujón me lanzó al suelo y luego se lanzó contra mi. No sé, no me di cuenta de cómo pasó, pero él estaba en el suelo y entonces pude patearle la cara. Nunca le había pegado. Tuve miedo. Su nariz le sangraba. Me insultaba, me decía cosas muy feas, por eso me enojé y le di una patada entre las piernas. Sé que le dolió mucho, se retorcía, se sobaba. Fue cuando me armé de valor y lo seguí pateando hasta que casi no se movía. Volví a agarrar uno de los cachos de florero que estaba en el suelo, me fui contra su cuello, sangró mucho. Yo también me hice una cortada en la mano, ya casi no se ve, bueno, ya tiene menos sangre. Al parecer ya salió toda la que tenía que salir. Lo bueno es que la lluvia lavó mi mano, mi pijama. Se me ensució mucho con la sangre que le salió a mi padre, pero ya no importa porque ya se le quitó.

Hubiera traído un suéter, hace mucho frío. Con eso de las prisas ni me fijé que no traía zapatos, en que traía pijama. Es de franela, pero con la lluvia, creo que no me calienta demasiado. Me da miedo. No quiero que me siga, no quiero que me alcance. Ojalá hubiera comido algo. Mi panza hace ruidos, quiere comida.

Se veía muy mal, estaba ahí tirado, sangrando, junto a mi madre. La sangre se revolvió con el agua del florero, las flores estaban todas ensangrentadas. Mi madre parecía dormida, se veía muy mal. Me asusté demasiado, por eso salí corriendo, por eso no traje un suéter ni zapatos.

Creo que ya se ha acercado más, estoy muy asustada, no quiero que se acerque más. No sé, siento que quiere hacerme algo. Su sombra, está muy cerca. Me duelen los pies, pero tengo que caminar más rápido, tengo que correr. No puedo dejar de mirar hacia atrás, me está siguiendo muy de cerca. No lo veo, pero sé que está ahí. Se veían muy mal los dos tirados. No sé, no sé qué hacer.

Sí, yo vi cómo pasó todo. Venía corriendo muy rápido para estar descalza. Volteaba como para ver que no la siguiera nadie, pero iba solita. Cuando llegó al cruce se pasó igual. Corriendo. No se detuvo a ver el semáforo. Se vio muy feo. De repente ella gritó y quiso detenerlo con las manos, pero no pudo. Le pasó por encima el camión de materiales. Se quedó ahí tirada. El del camión ni siquiera se detuvo a ver. Tardó como dos horas en llegar la ambulancia. Ya menos pude dormir. Sí, yo llamé a la ambulancia, yo la llamé. Tenía esperanza de que, de, de que…

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