miércoles, 5 de agosto de 2009

De vuelta al Folk

Escrito por: Carlos Salvador Basaldua Mendoza, alias Kazbam

¿Les cuento? ¡Va! Resulta que hace algunos años, como 5 ó 6 más o menos, yo era un verdadero amateur de la música folk. Aunque realmente nunca me ha parecido adecuado llamarle de ese modo, pero en fin, así es como la conocen. El caso es que me gustaba tanto, que incluso con algunos amigos del CCH-S hicimos una agrupación musical para interpretar esas rolas. Sólo tocamos unas... ¿tres veces?... y nuestro repertorio nunca superó las 3 canciones. Después empecé a escuchar con mayor atención otros géneros, como el punk, el ska, el rock, el metal, el jazz, el blues y lo folk como que empecé a olvidarlo. Aún así, esporádicamente recordaba canciones y/o agrupaciones folk.

Hubo incluso un tiempo en el que concentré toda mi mente en gozar del rap, ese género me encanta. Luego vino el ska-jazz, sin duda, la variante del ska que más me ha fascinado e impactado.

Pero desde hace algunos ayeres he sentido la necesidad de escuchar otra vez música folk. Alguien se enteró de ese deseo mío y amablemente me invitó a una presentación en Coyoacán en día jueves. A lo que respondí, "no puedo, tengo chamba". Y es que era a las 12:30 pm y a esa hora debo estar en la oficina. Pero me dijo que no me preocupara, que era sólo una hora. Y que no podía faltar porque era así como para poca gente. "Chale, qué elitistas", pensé. No vayas a creer que es por elitismo, es que no caben muchos en el local y además es como más entre compas. "Ah, vaya".

Para no hacer esto cansado, decidí ir. No saben lo bien que me sentí, saber a mis oídos vibrando al ritmo de esa guitarra, de esa quena. Disfrutar de la honestidad extrema que brinda al público cualquier instrumento acústico y cualquier voz sin microfonear. Me sentí bien, alejado del ruido cotidiano de la ciudad y envuelto en un ambiente campirano, casi rural, acompañado de esas guitarras de palo y esas voces suaves, peo al mismo tiempo fuertes. Me agradó estar lejos de la estridencia de la música electrizada y de lo acelerado del punk, rock y demás. Me hizo recordar ese tiempo en que me la pasaba oyendo a Los Folkloristas, Óscar Chávez, Tania Libertad, Atahualpa Yupanqui, Violeta Parra, Víctor Jara, Amparo Ochoa y por supuesto a José de Molina. Sin olvidar al genial León Chávez Teixeiro.

Algo así como una sensación de paz, de relajación, de tranquilidad, fue lo que me invadió. Por un momento olvidé el estrés cotidiano. Estaba fascinado escuchando esas letras rebeldes, de protesta, pero también de esperanzas, de amores y de odios. Esas letras-poesías que siempre me han gustado y que son tan características del folk.

Ahora agréguenle un cafecito sabrosón de "El Jarocho". No podía estar mejor. Todos los sentidos puestos a trabajar: escuchando buena música, olfateando buen café, degustántolo, incluso tocando un instrumento (como se enteraron de mi afición musical, me prestaron un djembé en una de las canciones) y admirando todo el performance de la agrupación, la parafernalia del lugar y la ambientación rural.

Lo malo (¿siempre tiene que haber algo malo?) fue que tuvo fin. Ah, ni modo. Tuve que devolverme a mis menesteres laborales, pero ese grato sabor no me lo quita nadie. Y lo bueno es que no hubo broncas en la oficina.

Me comentaron esos jóvenes músicos que tal vez en fechas próximas harán otra presentación similar, pero más extensa. La espero con ansia.

Creo que, de este momento en adelante, trataré de escuchar más música folk, calro, sin dejar de lado a mi fonoteca contracultural.

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