lunes, 28 de septiembre de 2009

Vulgar tocarrecio

Escrito por: Carlos Salvador Basaldua Mendoza, alias Kazbam

Ya saben que a mí me gusta echar pestes y mentar madres a diestra y siniestra, ¿cierto? Bueno, este post no será la excepción.

Resulta que el día de ayer, domingo, me lancé con algunos integrantes de mi familia a pasear al Centro de Tlalpan. Siempre me ha gustado ese lugar, desde que iba a la secundaria que está a una cuadra. Es tranquilo, bonito, cultural. Pero desde hace ya algunos años se ha estado encaminando a parecerse al Centro de Coyoacán y eso no me agrada. Coyoacán me gusta, pero no me gusta la idea de que Tlalpan sea un Coyoacán en chiquito. En Tlalpan podías ir a caminar, a disfrutar del jardín sin ninguna molestia. Ahora hay comerciantes por todos lados, incluso en la parte baja, donde casi no había ambulantes, es prácticamente imposible caminar a gusto. Venden hamburguesas, churros, tamales, quesadillas. Es una verdadera lástima, ese tipo de cosas deben estar en el mercado y no en la zona del jardín.

Y esto no es todo, porque frente al edificio delegacional se instala un quesquecomediante, con poca gracia, que basa su sentido del humor en el uso desmedido de palabras altisonantes (sí, yo también las uso, pero créanme, no tanto como ese tipo), constantes referencias al sexo y repetidos albures. Eso sería gran problema si no tuviera la estúpida idea de que todos los que van al Centro de Tlalpan van gracias a él. Y es que lleva consigo un equipo de audio de esos que mi hermano definiría como vulgar tocarrecio. No contento con eso, se la pasa haciendo ruidos con la boca, él cree que suenan como efectos especiales, pero suena de la re chingada. No sé si quien conecta el equipo sabe cómo hacerlo, pero por lo que pude escuchar es uno de tantos tontos que piensa que amplificar audio no es más que picarle donde dice On y subirle al volumen. Es de esos tipo que cree que Low, Mid y Hi son sinónimos de Volume. Vulgares tocarrecios, ya lo dijo mi hermano. Y no hay punto del jardín donde se alcance a escuchar, aunque sea vaga y levemente, su horrenda sinfonía.

Contra los chavos que van a hacer malabares con fuego al ritmo del djembé no tengo nada, de hecho me fascina ese tipo de espectáculo y estaría chido que lo hicieran crecer.

Pero no puedo sacar de mi cabeza el mal rato que me hizo pasar ese patético intento de Polo Polo callejero. Así que, si se les ocurre visitar el centro de Tlalpan en fin de semana, tengan cuidado con ese individuo y sus constantes atentados contra la paz y la tranquilidad auditiva.

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