viernes, 4 de mayo de 2012

La utilidad social de los mendigos

Escrito por: Carlos Salvador Basaldua Mendoza, alias Kazbam

  1. En los centros históricos del DF; bueno, no en todos: no en los más visitados ni los menos vistos; es común encontrarte con algún mendigo, limosnero o algo similar. Personalmente admiro la paciencia y capacidad de resistencia física de las mujeres que se quedan hincadas por horas en las afueras de las iglesias.
  2. El Metro tiene una variedad sorprendente de mendigos:
    • Ancianos en las escaleras con la mano estirada, algunas veces hacen ruido con un güiro paupérrimo, armónica o algo por el estilo.
    • Niños que limpian zapatos o que te dan un papelito pidiendo disculpas por la molestia y una moneda que no afecte tu economía.
    • Campesinos de la sierra norte de Puebla que perdieron su cosecha (desde 2005) y piden dinero para poder regresar a trabajar su tierra.
  3. No solo en los centros históricos y en el metro, también hay mendigos que se suben a los microbuses. Recuerdo un señor que se subió y bajó en chinga a un microbús de la Ruta 1 (Izazaga – La Joya), hablaba en voz muy baja diciendo cosas como "cooperen para un taco, no sean culeros", o "pinches ojetes, ¿no ven que tengo un chingo de hambre? Hijos de la chingada."
Todos estos personajes urbanos tienen una verdadera utilidad para la sociedad de la que emergen. Por lo menos eso es lo que yo creo. Cuando alguien se encuentra con un mendigo tiene dos opciones: prestarle atención o ignorarlo. Quien lo ignora sigue su vida como lo tenía planeado. Quien le presta atención normalmente experimenta un sentimiento de lástima. Le produce tristeza ver la condición en la que se encuentra el sujeto en cuestión.

La lástima es poderosa. Puede provocar, acto seguido, un ligero (o no tan ligero, eso depende de la conciencia individual) sentimiento de culpa. Así es, la culpa de tener recursos y los mendigos no. La culpa de ser indiferente al sufrimiento ajeno. La culpa de no comportarse como un buen samaritano.

Finalmente es necesario aliviar esta culpa, expiar el pecado del bienestar individual. Esto se logra con unas monedas. Pero no con monedas de 50 centavos. Por lo menos uno o dos pesos, mismos que se suelen entregar en silencio, para no atentar contra la serenidad del acto solidario (expiatorio).

Así estos tres momentos en relación con los mendigos, lástima-culpa-alivio, ayudan al ciudadano común a recordar que vive rodeado de otros, más favorecidos o menos que uno mismo. Y gracias a la expiación de la culpa mediante el regalo de unas monedas, el ciudadano común se siente mejor persona, se siente menos lacra aunque en su trabajo sea un ojete con sus subalternos. Siente que ante los ojos de la justicia divina, o de lo que sea que tenga ojos, se comportó como un ciudadano ejemplar que ayuda al prójimo.

Claro, también están los indiferentes que, aunque no ignoren al mendigo, les viene valiendo madre lo que le pase.

Y estamos los que, por lo menos en los mendigos del Metro, identificamos el modus operandi de las mafias que controlan el trabajo informal interno en la red de este sistema de transporte, y por consiguiente no les damos ni un peso.

2 comentarios:

  1. No me consideraría indiferente, pero nunca doy monedas.. Me da mucha desconfianza lo de las mafias estas que dices.
    Mi mama casi siempre da dinero, a pesar de que ya ha tenido varias malas experiencias..
    ¿Qué opinas de esto?, ¿habrá muchas personas como mi madre?
    Chale..

    ResponderEliminar
  2. Sí, la verdad es que procuro no regalar así mi dinero.

    Pues no sé, pero supongo que en casos como el de tu mamá, el dar una moneda le sirve más a quien la da que a quien la recibe. Y sí, también conozco personas así.

    Saludos.

    ResponderEliminar

Gracias por tus comentarios, serán respondidos a la brevedad. Si deseas enviar un comentario personal al autor, pasa a la sección Contacto. También te recomiendo leer unas sencillas reglas antes de comentar. Gracias.