jueves, 12 de julio de 2012

He estado practicando globoflexia

Escrito por: Carlos Salvador Basaldua Mendoza, alias Kazbam

Hace unos días, aprovechando que no había casi pasajeros en el autobús, hice un perro con un globo blanco. Los pocos pasajeros me veían raro, pero eso es normal para mí. En el camión que tomo para llegar a la escuela viajaban varios niños, uno de ellos, de no más de dos años, era cuidado por sus hermanos, al menos parecían sus hermanos. El niño miraba muy atentamente el globo, así que decidí regalárselo. Él lo vio, lo tomó, sonrió y sus hermanos me dijeron gracias.

Ayer pasé por Coyoacán y allí hice otro perro, pero con un globo amarillo. Había un niño -¿o era niña?- que estaba aprendiendo a caminar a unos pasos de la fuente de los coyotes. Por alguna razón me dieron ganas de regalarle el perro de globo. Me acerqué y le pregunté a la mujer que lo custodiaba -¿será su madre?- si podía reglarle el globo al bebé. No había terminado de decir la pregunta cuando las pequeñas manos del infante en cuestión tomaron el globo y una sonrisota se dibujó en su cara.

Luego hice otras dos figuras, un perro naranja y un perico verde, y me subí al microbús que me llevaría al metro. En el microbús había solo un infante, una niña de unos seis u ocho años. No había asientos disponibles así que viajé de pie. Me agarré del tubo con una mano y en la otra traía los animales hechos de globos. Noté que la niña observaba detenidamente las figuras. La miré y le pregunté "¿quieres uno?". Otra vez no tuve tiempo ni de terminar la pregunta cuando ya tenía en sus manos al perro naranja. Lo miraba curiosa y le sonreía.

Me bajé en el metro y tomé un autobús que me dejaría a unos pasos de la escuela. Estaba lleno y había por lo menos unos 5 infantes. Uno de ellos dormido así que de inmediato lo descarté como probable receptor del perico verde. Casi al fondo viajaban dos niñas, una de unos 12 años y la otra tal vez de 6. La más pequeña lloraba y sostenía un plato de unicel con un trozo de pizza. La mayor la veía y trataba de consolarla. Noté que ambas miraban el perico verde que traía en mi mano izquierda. Decidí regalarlo a la niña que lloraba, así que extendí mi mano para que lo tomara, pero ella se escondió en la niña mayor. Desde el asiento de atrás una señora -¿la madre?- la animaba a tomar el globo. La niña mayor lo tomó y se lo dio a la menor. Señora y niña grande me agradecieron. La menor vio feo a la mayor, tomó el globo y escondiéndolo de la vista de todos lo apretó tanto que reventó. Hizo una cara que denotaba esfuerzo y cuando oyó el ruido del globo explotando, sonrió. Tenía una mirada de quien hace una travesura muy divertida. La señora del asiento de atrás le llamó la atención suavemente. La niña más grande la miró con los ojos muy abiertos. Señora y niña grande me miraron como disculpándose por la acción de la niña menor.

Yo me estaba carcajeando. Me divirtió mucho ver que rompía el globo, tal vez fue una manera de expresar su inconformidad con el hecho de ser "obligada" a aceptarlo. Tal vez al romperlo liberó todo el estrés y los motivos para llorar se fueron.

Como sea, estos globos cumplieron su objetivo. Hicieron sonreír a los niños a quienes fueron obsequiados. Es curioso que el destino del perico fuera ser roto al momento, pero no importa, logró que la niña dejara de llorar, y eso era lo importante.


Nota: El perico verde que sale en las fotos que decoran este post lo hice después de redactar el texto. Y, como se ve en la segunda foto, ahora adorna la gaveta en mi lugar de trabajo

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