miércoles, 17 de septiembre de 2014

De cacahuates, la inmortalidad y el saludo a un trapo sucio

Escrito por: Carlos Salvador Basaldua Mendoza, alias Kazbam

Cierta ocasión vagaba por el centro de la ciudad con mi amigo A. Fuimos a Balderas y compramos unos cigarros de esos cubanos con sabor a chocolate. En ese entonces usaba pipa para fumar café (Coffea arabica y no Cannabis sativa, como algunos pensaban al oírme decir lo anterior) y ese día la estaba usando con una mezcla entre esta planta y algo de tabaco.

Llegamos al Zócalo y nos sentamos en el suelo. No me acuerdo bien si estábamos en la banqueta de la Catedral o en la plancha, pero sí recuerdo que era del lado norte.

Estando ahí, echando la hueva y fumando, se acercó un fulano que, a juzgar por su apariencia, llevaba ya harto tiempo viviendo en la calle. Nos preguntó qué fumábamos, nos pidió las tres. Le dimos medio cigarro de chocolate. Preguntó qué tenía la pipa. Café, le dije. "Tsss, 'pérame carnalito, mira, hay que ponerle uno d'estos". Acto seguido sacó una bolsita con cacahuates, así sin preparar. Peló uno y lo puso en la cazoleta, retacándolo hasta el fondo. "Deja que me dé las tres, carnalito". Vas, le dije.

El bato fumaba recio, duro y tupido. Se dio las tres, las cuatro, las once... se atascó, pues. Nos ofreció de su bolsita de cacahuates. Ni modo de decirle que no.

Ya entrados en el cotorreo, el susodicho nos presumió que él nunca iba a morir. Ah caray, ¿cómo es eso?, preguntó A. "Mira, carnalito, yo nunca voy a estirar la pata, por esta." Nos dijo mientras besaba el pulgar de su mano derecha. No mames, le dije. "Sí, carnal. Mira nomás mi pata, la tengo chueca, yo no la puedo estirar." En efecto, tenía cierto problema en uno de sus pies, no recuerdo cuál, que le impedía estirarlo, signo inequívoco de su inmortalidad. Según él, claro.

Tomada de lasalle1968.wordpress.com
Lo más curioso de aquella vez fue que, debido que llegamos al Zócalo como a eso de las cinco y media, pudimos presenciar el momento en que los militares bajaron la bandera del asta. El Inmortal, llamémoslo así, pa' pronto, puso su mano derecha en la frente para saludar a la bandera y nos invitó a que hiciéramos lo mismo. Mi compa A y yo nos miramos con cara de "no mames". Pero El Inmortal insistió. Total, mi valedor y yo nos levantamos y, justo antes de saludar a la bandera, el susodicho eterno nos lo impidió. "No mamen, carnalitos, ese es un pinche trapo sucio, no es un dios, no la chinguen".

No pudimos más que cagarnos de risa.

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