viernes, 26 de junio de 2015

El control del cuerpo indiano por parte de los europeos durante los primeros años de la conquista

Escrito por: Carlos Salvador Basaldua Mendoza, alias Kazbam

El objetivo general del presente trabajo es mostrar que una de las aristas presentes en el proceso de conquista y dominación de lo que se ha dado en llamar Mesoamérica es el ejercicio del poder mediante la violencia que recae en el individuo en tanto ser corpóreo y terrenal, es decir, el control sobre el cuerpo de los conquistados.

También se buscará analizar el control subjetivo y focalizado que se llevó a cabo, principalmente, por parte de los religiosos. Así como evidenciar las maneras en las que los frailes llegados a la Nueva España ejercieron el control sobre el cuerpo de los indios.

Para conseguir tales propósitos será analizado el Confesionario Mayor del muy reverendo padre Fray Alonso de Molina, publicado en el año de 1578, precisamente durante los primeros años del establecimiento de la Nueva España.

La conquista de la Indias Occidentales y su posterior conformación en el Virreinato de la Nueva España fue un proceso violento, doloroso que significó un giro de 180 grados en todos los aspectos sociales, culturales e individuales para las sociedades indígenas.

Sin embargo, desde algunas trincheras académicas se ha puesto en boga el ignorar la esencia violenta de La conquista, desde el uso de eufemismos políticamente correctos como “encuentro de dos mundos”, o, por poner un ejemplo, el tratamiento que se le da al periodo en la Nueva historia general de México, editada por el Colegio de México en el año 2010, tomo en el que García Martínez menciona tangencialmente la dimensión impositiva y violenta de este proceso.

Afortunadamente hay algunas voces que se han alzado de manera crítica para quitar del lenguaje académico estos eufemismos, tal es el caso de Edmundo O'Gorman, quien en su artículo “La falacia histórica de Miguel León Portilla sobre el ‘encuentro del Viejo y Nuevo Mundo’” (1987) realiza un análisis de la expresión leonportillesca y la dimensiona de tal forma que resulta insostenible seguir usándola.

Aún con esfuerzos como este es necesario abundar en el tema de tal suerte que no sea negada ninguna de las características propias de la guerra de conquista y dominación llevada a cabo en el siglo XVI.

Conceptualizaré el actuar de los conquistadores desde las definiciones de Foucault en torno a la biopolítica y al biopoder.
la disciplina procura regir la multiplicidad de los hombres en tanto ésta puede y debe resolverse en cuerpos individuales, a los que se puede vigilar, adiestrar, utilizar y eventualmente castigar. También la nueva tecnología se dirige a la multiplicidad de hombres, pero no en tanto ésta se resuelve en cuerpos, sino en tanto constituye una masa global, recubierta por procesos de conjunto que son específicos de la vida, como el nacimiento, la muerte, la producción, la enfermedad. Podemos pues decir que, tras una primera toma de poder sobre el cuerpo que se efectuó según la individualización, tenemos una segunda toma de poder que procede en el sentido de la masificación […] algo que yo llamaría una biopolítica de la especie humana (Foucault, 1976: 195-196).
Para los fines específicos que se propone alcanzar esta investigación, será también necesario recurrir a lo que Elsa Muñiz ha denominado “prácticas corporales”, basada a su vez en la noción de “técnicas corporales” de Marcel Mauss: “gestos codificados que una sociedad genera para obtener una eficacia práctica o simbólica, se trata de modalidades de acción, de secuencias de gestos, de sincronías musculares que se suceden para obtener una finalidad precisa” (Muñiz, 2010). Pensar en prácticas corporales es colocar al cuerpo en el centro del análisis al mismo que no se niega la existencia de una mente ni de un discurso que moldea a unas y a otra.
Se propone aquí concebir el cuerpo como un continuo entre biología y cultura, lo cual significa no reificarlo, no reducirlo a uno u otro pues su comprensión en la ciencia moderna ha estado determinada por alguno de los dos polos: o bien es un objeto biológico, como lo vería la medicina, o bien se presenta como una construcción cultural, tal como se ha propuesto desde la antropología y otras ciencias sociales. Se sugiere verlo, más bien, como punto de partida y llegada del proceso de materialización producto de la performatividad, que está dada por los discursos que producen representaciones y las prácticas corporales cotidianas y ritualizadas que producen cuerpos dóciles, maleables y controlables (Muñiz, 2010).
En el año de 1524, el Conquistador de México, Hernán Cortés, se dirigió a su majestad, el rey Carlos I de España, solicitándole que enviara a miembros de las órdenes mendicantes a las nuevas tierras del reino, esto se debe, principalmente, a que estas órdenes no caían en la corrupción general del resto de religiosos.
Asimismo vuestra majestad debe suplicar a su Santidad que conceda su poder y sean sus subdelegados en estas partes las dos personas principales de religiosos que a estas partes vinieren, uno de la Orden de San Francisco y otro de la Orden de Santo Domingo, los cuales tengan los más largos poderes que vuestra majestad pudiere; porque, por ser estas tierras tan apartadas de la Iglesia romana y los cristianos que en ellas residimos y residieren tan lejos de los remedios de nuestras conciencias y como humanos, tan sujetos a pecado, hay necesidad que en esto Su Santidad con nosotros se extienda en dar a estas personas muy largos poderes y los tales poderes sucedan en las personas que siempre residan en estas partes, que sea en el general que fuere en estas tierras o en el provincial de cada una de estas órdenes. (Cortés, 1524)
De tal suerte que fueron enviados a la Nueva España, primero tres flamencos y posteriormente los famosos doce. Su misión era la de evangelizar a los indios. Alonso de Molina nace en Extremadura y a muy temprana edad llega a Nueva España, donde prácticamente creció al lado de los recién conquistados mexicas. Fue bilingüe desde niño, y también niño franciscano de la estricta observancia (Hernández de León-Portilla, 2007, 74). Lo anterior explica la facilidad con la que llegó a manejar el idioma náhuatl a tal grado de permitirle enseñar dicha lengua a los frailes de la orden de San Francisco (Máynez, 1998, 366).

La obra de Molina resulta importante dada la situación en la que fue producida, es decir, los primeros años de vida del virreinato de Nueva España con los consecuentes esfuerzos por parte de los conquistadores para implantar un modelo tanto político, como religioso y social.

Además se inserta en el cúmulo de textos orientados a conocer la lengua de los naturales y de enseñar en ese mismo idioma, es decir, de los estudios sobre la “teología que de todo punto ignoró San Agustín”, la lengua, el conocimiento del otro, del idioma y pensamiento de los no pertenecientes a la cristiandad (Hernández de León-Portilla, 2007, 66).

En este tenor es que se inscribe el esfuerzo de Fray Alonso de Molina al momento de componer tanto su Vocabulario, como el Confesionario mayor, los predicadores debían conocer y hablar la lengua de los nuevos cristianos porque de otra manera su prédica sería rechazada (Hernández de León-Portilla, 2007, 75).

El Confesionario (1578)[1] es una guía práctica para la prédica entre los nahuas. Fray Alonso de Molina menciona, en la epístola nuncupatoria de su obra, que deseó que su composición fuera
una obra útil y provechosa, que son dos Confesionarios, para lumbre e instrucción de esta iglesia, y utilidad de los naturales, y los dichos ministros sepan los propios y naturales vocablos, que se requieren para preguntar y entender en la administración de Sacramento de la Penitencia.
La intención de Molina obedece principalmente al problema de la comunicación entre predicadores y nuevos cristianos, ya que “muchas veces, ni los Confesores pueden entender a los penitentes, ni los penitentes a los Confesores”.

Tenemos así un compendio de preguntas que se sugieren a los confesores para poder llevar a cabo la administración del sacramento de la penitencia, escritas éstas tanto en castellano como en náhuatl.

Para el presente trabajo, la atención será centrada en los pasajes encaminados a la creación de una disciplina del cuerpo, tratando de entrever la realidad previa a la conquista española, a través de los esfuerzos de los religiosos por “normalizar” la realidad indiana.

El cuerpo es el lugar donde se materializa tanto el orden como la disciplina, es un espacio de pugna por el poder, entre el individuo y sus superiores. Así, desde la medicina se ejerce un control y una disciplina sobre la corporeidad de los individuos, Molina lo expresa de la siguiente manera:
Dime (hijo muy amado) si escondieses la llaga que tienes la cual te escuece mucho, ¿cómo te podría curar el cirujano? ¿Cómo te podría poner en ella sus ungüentos, para que se mitigase tu escocimiento y aflicción? (5r)
Molina organiza el confesionario de acuerdo al orden de los mandamientos de la iglesia, claro, antes toca el tema del bautismo, indispensable para formar parte de la comunidad cristiana y ser hijo de Dios.
Bautizástete por ventura dos veces, o recibiste la confirmación dos o tres veces, o casástete en dos o tres partes, y son aún vivas todas aquellas con las cuales te casaste por la iglesia. (23r)
El sacramento del bautismo no se puede recibir más de una vez, es por eso que Molina pone especial énfasis en averiguar si se ha incurrido en tal falta.

Por otro lado, la poligamia formaba parte de la vida de los mexicas, al respecto, podemos leer en la obra de Charles Gibson que
La clase dominante indígena, que había practicado un tipo de poligamia, se veía obligada ahora a aceptar las normas cristianas monogámicas. La tradición, que continuó en cierta medida después de la conquista, puede explicar los números casos de bigamia y concubinato entre los dirigentes de la sociedad nativa. (Gibson, 1967, 153)
Sagaón Infante (1981, 101) menciona que, dado que los antiguos mexicanos fueron principalmente guerreros, “se comprende que sus matrimonios fueran polígamos, que la continua pérdida de varones hacía que no hubiera un equilibrio cuantitativo entre los sexos”.

Lo anterior justifica el que Molina interrogue al confesante sobre el hecho de que pueda tener más de una mujer con las que se haya casado por la iglesia.

Volviendo al bautizo, Fray Alonso explica la manera en que se debe de proporcionar este sacramento en caso de urgencia, solo si no hay un sacerdote cerca. Entre otras cosas, explica de qué manera debe bautizarse una criatura que apenas está naciendo y que corre peligro de morir.
Y si sola la cabeza asomare, bautizarla has. Cubriendo con una manta las carnes de la mujer que pare. (25r)
Es importante recalcar el detalle de la manta cubriendo las carnes de la mujer, ya que éstas podrían ser motivo de pecado de pensamiento, al menos. El cuerpo de la mujer es fuente de pensamientos impuros, lo cual atentaría directamente contra el noveno mandamiento: “no desearás la mujer de tu prójimo”.[2]

Después de detenerse lo necesario en las indicaciones acerca de la impartición del bautismo, prosigue con una serie de preguntas dedicadas a cada uno de los mandamientos de la iglesia. El quinto mandamiento dice “no matarás”, y respecto a este deber de todo cristiano, Molina pregunta al confesante:
¿Bebiste alguna vez brebaje mortífero, para echar la criatura, por lo cual mataste tu hijo, o fuiste causa que enfermase? ¿O dístele la teta de tal manera que le lastimaste, y no pudo más mamar, o durmiendo te echaste sobre él, y murió? (33v)
Más adelante, en el apartado en el que refiere las preguntas relacionadas con el sexto mandamiento, también inquiere sobre el proceder de los padres respecto a la procreación.
¿Por ventura tú y la mujer legítima que tienes, habéis ambos impedido la procreación de los hijos, por ser pobres y necesitados, o por algún enojo, o por otra cualquier ocasión? (37r)
La protección a la vida, presente en todo discurso católico, orienta a Molina para averiguar si la madre ha cometido pecado contra sus hijos, ya sea antes de nacer o siendo éstos bebés. Incluso si se trató de un atentado accidental. También cuestiona al padre acerca de la probable práctica del impedimento de la procreación, es decir, el fraile está sancionando el uso de métodos anticonceptivos.

El cuestionario que Fray Alonso formula para el sexto mandamiento, el cual dice “no cometerás adulterio”, es de especial interés para este trabajo, ya que al tratarse de la práctica sexual, se trata también de reglas orientadas al control y la disciplina del cuerpo y de la sociedad. Pregunta el fraile:
¿Codiciaste alguna mujer, para tener parte con ella? ¿Con cuántas tuviste parte, y cuántas veces pecaste con cada una de ellas?
¿Era virgen aquélla con quien tuviste parte y tú la corrompiste primero, o por ventura era viuda, que se le había muerto el marido, o era persona religiosa o beata? (34v)
¿Besaste por ventura alguna mujer, abrazaste la, o le asiste de las tetas, o la retocaste, deseando y codiciando tener parte con ella? (35r-35v)
La lujuria, el placer y el sexo no reproductivo están claramente sancionados en estas fórmulas confesionarias. Más adelante no solo sigue sancionando las prácticas sexuales no reproductivas, en específico las masturbatorias, sino que también ataca al pecado contra natura, aquel que se practica entre dos mujeres.
¿Palpaste o trataste las vergüenzas de algún varón, saliendo por esto su simiente, palpaste a ti misma, o a otra persona, por te deleitar lujuriosamente, por donde veniste a caer en polución? ¿Pecaste con otra, cometiendo el pecado contra natura? ¿Afeitástete, adornástete por parecer bien, y por ser codiciada de los otros? (36r)
Las relaciones que hoy podríamos calificar como homosexuales han sido prohibidas por el cristianismo y también lo eran por la sociedad mexica, dentro de la cual era castigada con la muerte. Quizá esta prohibición pre-existente haya propiciado que los confesantes no tuvieran la suficiente confianza para poder informar sobre esta práctica a los religiosos venidos de Europa. (Flores Farfán y Elferink, 2007, 270.)

Es de notar que el fraile Molina también menciona el tratamiento estético que se le puede dar a la zona genital, siendo ésta sancionada precisamente porque es generadora de la codicia ajena, es decir, el sexo femenino es tratado como una fuente de tentación y, por lo tanto, también del pecado.

La regulación de la práctica sexual no solo pone atención a la lujuria o al adulterio, también considera aquellas prácticas entre parejas de casados que se alejan de la ortodoxia cristiana.
¿Cuando estás en tu costumbre requieres a tu marido, para que tenga parte y ayuntamiento contigo, hiciste lo no debidamente?, ¿fue en el vaso ordenado, para la generación, aquel ayuntamiento que tuvo contigo, o en otra parte? (37v)
No solo se inquiere acerca de la práctica sexual durante la menstruación, sino que también se pone atención al lugar donde se deposita el semen, una vez más se trata de proteger el sexo reproductivo y de castigar las prácticas que se alejen de este propósito divino.

Dentro de las preguntas orientadas por el séptimo mandamiento de la iglesia, que dice “no robarás”, también inquiere acerca de las prácticas sexuales del confesante, en este caso se dirige a quien posee baños públicos.
Y tú que tienes baños calientes, hiciste el baño que tienes con autoridad de la justicia, y andan quizá en él revueltos hombres y mujeres cuando se bañan, quizá se cometió allí alguna maldad, y tú no la estorbaste, quizá no se bañaron en tu baño solos los enfermos, más también los sanos que no tenían necesidad. (42v)
El matrimonio cristiano es monógamo, por lo tanto se les debían realizar una serie de cuestionamientos a los jóvenes que pretendían casarse, tanto para conocer la edad como para saber si estaban o no casados con otras personas. También para este efecto formula una serie de preguntas.
La III es que sean preguntados de la edad que han y tienen los que se quieren casar (conviene a saber) qué años tienen, porque el varón para poder contraer matrimonio con su mujer, conviene que tenga catorce años de edad y la mujer doce (según derecho). (49r)
El control social ejercido desde la doctrina cristiana, por supuesto, también indica el tiempo en el que pueden contraer matrimonio los individuos.
La décima es, que les manden que no se junten carnalmente hasta que les haya tomado las manos el sacerdote. (50v)
El sexo dentro del matrimonio como un precepto cristiano por excelencia, dado que la finalidad de éste es el de la procreación y no el placer.

Finalmente, se les advierte a quienes se van a casar que se presenten bien vestidos y bien aseados. La higiene aquí cobra una singular importancia debido al sacramente que están a punto de recibir. Ni siquiera la pobreza es pretexto para no cumplir con tales disposiciones.
La trecena es, que sean advertidos, a que vengan bien aderezados, cuando los quisiere casar el ministro lavándose las manos y la cara, trayendo las ropas y vestiduras lavadas y limpias y bien aderezadas. Y si fueren muy pobres, busquen vestidos prestados que estén limpios, para que honren y reverencien el santo sacramento del matrimonio. (51v)
Como se ha mostrado, bajo la guía de los diez mandamientos de la iglesia, Molina realiza todo un compendio de preguntas para facilitar al confesor la tarea de impartición el sacramento de la penitencia y, también, el del bautismo y el del matrimonio.

Estos cuestionamientos pueden arrojar luz sobre las prácticas corporales, tanto las que se llevaban a cabo antes de la conquista como las que se trataron de imponer una vez que ésta se consumó.

En este aspecto, es de importancia notoria el hecho de que para el cristianismo la práctica sexual debía limitarse única y exclusivamente a la reproducción. El dios judeocristiano, sus ángeles y arcángeles son seres asexuados y, por lo mismo, superiores a la humanidad. Recordemos que desde la producción literaria de Agustín de Hipona el ascetismo impregnó la moral cristiana.

Y no es que la sociedad mexica haya sido particularmente promiscua o que tuviera cierta relajación en cuanto a la sexualidad y al cuerpo. Lo anterior se puede ver en la descripción, con gran carga negativa, que sobre los huastecos le proporcionan los estudiantes del Colegio de Tlatelolco a Fray Bernardino de Sahagún:
Los defectos de los cuextecas son, que los hombres no traen maxtles con que cubrir sus vergüenzas, aunque entre ellos hay gran cantidad de ropa. (Sahagún y Martínez, 1981, 69)
Si bien es cierto que algunas prácticas sancionadas por la cristiandad estaban permitidas dentro de la sociedad mexica, como la ya mencionada poligamia en el caso de los guerreros, también es cierto que contaban también con castigos para quienes transgredían la norma, como por el ejemplo para los que cometían adulterio. A los adúlteros se les “castigaba severamente: les quitaban la vida tanto al hombre como a la mujer”. (Flores Farfán y Elferink, 2007, 267) Asimismo se procuraba la castidad previa al matrimonio y se prefería el sexo dentro de las uniones estables. (Corona Caraveo, 2000, 15.)

Sin embargo, a diferencia de la religión cristiana, los dioses del panteón mexica eran sexuados y en cierta medida sus propios excesos habían provocado la existencia de la humanidad. El sexo no es visto como algo pecaminoso en sí, ni absolutamente negativo, toda vez porque éste fue creado por los mismos dioses. (Corona Caraveo, 2000, 15.)

Luego entonces, el esfuerzo de los frailes franciscanos y, concretamente, de Alonso de Molina va encaminado a orientar la corporeidad mexica hacia la nueva moral impuesta, mediante la acotación específica de las actividades que estaban dentro y fuera de la norma cristiana.

Con la excusa del discurso médico, se someten los cuerpos al control del galeno tratante, a fin de mantener una población sana.

Se ejerce el control sobre el cuerpo a través de la higiene so pretexto de rendirle honra a los sacramentos de la iglesia.

Se controlan las relaciones interpersonales y las prácticas corporales que de éstas pudieran surgir al acotar y sancionar las uniones poligámicas y al establecer el matrimonio monógamo en toda la sociedad recién conquistada. Con esto también se impone el modelo de relación heterosexual y monógamo, sancionando la existencia de las mujeres públicas, las adúlteras y también las que Sahagún llamó hermafroditas. (Sahagún, 1829, 38).

Se acota, se oculta y se carga de un sentimiento de culpabilidad al mismo cuerpo en el momento mismo en que se prohíbe al bautizante observar las carnes de la mujer paridora, en el caso de suceder el bautizo durante un parto que pudiera salir mal.

El cuerpo es controlado desde antes del nacimiento desde el momento en el que, con base en el quinto mandamiento de la iglesia, se prohíbe y sanciona el uso de métodos para la anticoncepción por parte de los nuevos cristianos.

El acto sexual también es objeto de control por parte de las nuevas autoridades religiosas. Se castiga el sexo no reproductivo, las prácticas sexuales entre personas del mismo género (que también eran sancionadas por los mexicas), las prácticas masturbatorias así como los tocamientos lujuriosos.

En suma, se trata de la puesta en práctica de un discurso normalizador que busca la conformación de una sociedad acorde a los preceptos del ascetismo católico en boga y al formato de familia aceptado por la cristiandad.

Notas

[1] Las citas de Molina han sido actualizadas a las reglas ortográficas y gramaticales vigentes, respetando la disposición de las letras mayúsculas.

[2] Éste y los demás mandamientos han sido consultados en el Catecismo de la Iglesia Católica. Compendio. Se prefirió la fórmula extraída del Deuteronomio debido a que la catequética es demasiado reciente.

Bibliografía

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Cortés, Hernán. (1524) Cuarta carta de relación. Disponible en http://www.biblioteca.tv/artman2/publish/1524_274/Cuarta_Carta_de_Relaci_n_de_Hern_n_Cort_s_454.shtml (Consultado el 27 de junio de 2014)

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