lunes, 9 de marzo de 2015

Comida callejera: Doraditas clandestinas en el Centro Histórico del D.F.

Escrito por: Carlos Salvador Basaldua Mendoza, alias Kazbam

El sábado andábamos (I y yo) en la zona centro del D. F. y, por alguna curiosa razón, tuve un incontenible antojo de comer una doradita. Las doraditas, para aquellas personas que no hayan tenido la dicha y el placer de comer una, son uno de los alimentos callejeros más emblemáticos y deliciosos de la zona centro de la capital mexicana.

Doradita, tras unas mordidas.
Se trata de una tortilla de maíz azul (que en realidad nunca es de color azul, pero como que se le parece) en forma ovalada. Ésta ha sido tostada, por lo tanto no es flexible como las tortillas para hacer tacos o como las que se usan para preparar huaraches. Encima de la tostada se le untan frijoles refritos y machacados, después un preparado que consta de nopales picados y hervidos, un poco de cebolla cruda picada en juliana y cilantro picado, también crudo. Se le añade después un poco de queso rayado y encima se le coloca la salsa roja, que al parecer la hace con chile de árbol. Les dejo una foto para que se den una idea.

Hace algunos años había vendedoras de doraditas en la Plaza de la Constitución regadas por todos lados. No eran multitud, pero sí aseguraban el abasto de la clientela. Me parece que fue con la entrada de Miguel Ángel Mancera cuando se les prohibió estar en pleno Zócalo y fueron relegadas a la zona frente a la Suprema Corte de Justicia de la Nación, ahí, a un ladito de la fuente que conmemora el mito fundacional de Tenochtitlan.

La señora que ven con el
delantal, es una vendedora
de doraditas, y las ofrece 
a gritos, por temor a los 
policías.
Eso es lo que yo sabía, que las vendedoras de doraditas estaban al lado de esa fuente. Pero el sábado me llevé una sorpresa al percatarme de que no había una sola vendedora con su canasta llena de doraditas y los demás ingredientes listos para ser untados en esos deliciosos óvalos de maíz moreno. Ni una. Lo que sí había era al menos una decena de policías rondando el lugar, quienes se aseguran de que las vendedoras de doraditas no se instalen y, en caso de que lo hagan, también se encargan de retirarlas. Sin embargo, en las jardineras que están en la zona había hartos comensales degustando el rico manjar.

Mientras caminábamos se acercaron, primero una joven y después un muchacho con un bebé en un canguro, a ofrecernos las doraditas. Nos llamó la atención tal hecho. Accedimos a la oferta y nuestra vendedora lanzó un silbido e hizo una seña con sus manos. Nos llevó a nosotros y a otra pareja a una de las columnas del edificio ese que no sé cuál es, pero que está justo frente a la SCJN. Menos de un minuto después llegó una adolescente. En una mano traía una bolsa de plástico de color negro y en la otra un botecito con salsa roja. De la bolsa sacó las doraditas ya preparadas con todo, excepto la salsa. Al tiempo que ella nos las despachaba, nuestra vendedora vigilaba que los policías no se percataran de la operación mercantil que se estaba llevando a cabo. Nos entregaron la doradita y pagamos los veinte pesos que cuesta.

Antes de darle la primera mordida, le confesé a I que ni cuando compraba mota me tenía que esconder así.

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