La otra vez comí mamey

Jajaja, sí, ya sé que es una mamada considerar tal suceso como algo digno de recordarse en este blogcito, pero dejen que les cuente por qué quise que así sea.

Resulta que toda mi infancia tuve alergias a la comida, que si a las fresas, que si al buebito, que si a no sé qué tantas cosas. Dice mi mamá que el pediatra me veía entrar a su consultorio y decía "ahí viene el alérgico". Pinche pediatra mamón.

El caso es que de morro comía pocas cosas, por lo mismo. Pero fui creciendo y las alergias fueron desapareciendo.

Luego entró el juego mi olfato. Porque eso sí, toda la vida le he hecho caso a ese sentido. Si algo no huele bonito, no lo pruebo. Y resulta que cuando percibía el aroma desprendido del mamey al ser cortado en los puestos de jugos donde compraba mi juguito, pues nomás no había modo de que mi nariz dijera que sí.

Total que así pasó mi existencia hace unos días.

Resulta que por mi trabajo hay al menos tres puestos de frutas y soy cliente frecuente de dos de ellos. Y un día le pedí al frutero un coctel, precisamente. Me lo entregó con su toquecito de miel y estaba coronado por una fruta que no reconocí al principio, ni después, la verdad.

Yo, con toda la confianza que alguien le puede tener a su frutero de costumbre, decidí no hacer a un lado esa rebanada de algo color cafecito que estaba hasta arriba de mi coctel. Lo tomé cuidadosamente con mi tenedor. Lo llevé a mi boca. Y sí, gente, al probarlo sentí un sabor nuevo, totalmente nuevo para mí. Hagan de cuenta que como cuando Remi le enseña a su hermano a combinar sabores.

No pude hacer otra cosa que preguntarle al señor de la fruta qué cosa era eso.

"Mamey, joven, ¿a poco no está bueno?"

Jajajaja, me dio vergüenza contarle que nunca lo había probado.

"Está al tiro, gracias."

Y ya. Es todo.

Así fue como comí mamey, por primera vez.

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